

Israel tiene un vecino siniestro. Un vecino que se niega a recordar que Israel compro su piso metro a metro. Que no recuerda que sus primos intentaron echar a Israel y que, luchando por sobrevivir, se ganó a pulso el entresuelo y el primero. A Palestina le tocó compartir su tercer piso con los hijos del vecino Israel. Nunca lo aceptó. Les trató con violencia intentando meterse en su piso y matarle mientras cocinaba o veían la tele. Cuando los hijos del vecino Israel se fueron, siguió enfadado porque quería que Israel abandonara el bloque entero. Que Israel durmiera en un cajero cualquiera.
Este vecino siniestro olvida que, durante años estuvo pagando alquiler a sus primos Egipto y Jordania, y que ninguno de ellos les dio el piso en propiedad. Ninguno se preocupó para concederle casa al vecino palestino. Porque son egoístas y necios, como el propio siniestro vecino. Este vecino que vive sin contribuir en su propio alquiler, a quien le paga el ascensor, la contribución y la luz el amigo europeo. Este vecino siniestro que va a pedir empleo al vecino israelí sin ninguna vergüenza. Este vecino siniestro que lanza, cada día, cristales y clavos al patio de luces. Es cierto que no son mortales pero Israel se preocupa por los niños de la casa y se enfurece por la falta de razón de su vecino.

Hace poco, Israel ha vuelto a ese tercer piso al que dijo que no volvería jamás. A ese tercer piso del que se fue hace tiempo. Pero el siniestro vecino no abrió la puerta. Hizo salir a sus hijos para que hablaran con el encolerizado Israel. Israel, furioso, castiga a su siniestro vecino mientras el hermano mayor palestino, desde su piso en Cisjordania, da la razón a Israel y reniega, también, de eses siniestro vecino que ya lanzó cristales a sus propios hermanos de Al Fatah.
Velozmente, los amigos del siniestro vecino se han despertado. "Es. Una vergüenza. Es un vecino pobre. No le permites usar el ascensor para escapar. Pones puertas blindadas para que no baje a pegarte como antes hacía. No permites que sus primos les traigan clavos más grandes para que te los lance al patio. Para que los lance contra los niños de la casa". Ese pérfido judío, ese casero egoísta, vuelve a preocuparse de sus hijos. Vuelve a recibir el desprecio de los amigos del siniestro vecino.
Maldita sea. Nos ha dejado Casavella. ¿Quién le habrá llamado desde el otro lado que pueda justificar tamaña pérdida? ¿Quién quiere leer a Casavella allá lejos, que nos ha mutilado? Maldita sea.
Se va con 45 años y unas expectativas de crecimiento literario impresionantes. Se va con 5 libros y una trilogía. Se va sin contarnos el secreto de las fiestas ni qué demonios sabía sobre los vampiros. Se va con un triunfo que celebraremos el día del Watusi. Cada año, sin olvidarnos nunca. Maldita sea.
La gente que todavía confiaba en la literatura, en el hecho diferencial de los escritores de Barcelona, en el sencillo arte de plasmar la vida en las páginas de un libro, se quedan huérfanas. Nos lega su obra, se esfuma lo que podría haber sido. Maldita sea, otra vez.
Olvidaos de todo lo que vais a oír sobre él. Ignorad los recortes de prensa y los breves en las noticias. Obviad las frases lanzadas al vuelo por periodistas que nada entienden. Huid de aquellos que hablarán sin haber leído. Él ya nos contó lo que quería decir.
Casavella se ha ido y nos recuerda aquello que ya nos había dicho. Casavella nos abandona a nuestra suerte y nos dice: “todo es terrible, pero nada es serio. Nada es blanco o negro, porque todo es blanco y negro”.