Martes, 18 de enero de 2005
Un se?or bajito, con un pesado reloj de cadena y un sombrero de copa, con una chaqueta azul y una peque?a perilla canosa, corre por mis pies y huye. Yo empiezo a correr tras ?l y no consigo atraparle.

Es r?pido, corre como una liebre y anda por el desierto como si tuviera alas en los pies. Se aleja de m?, escapa de entre mis manos pero, cuando creo que ya est? demasiado lejos para alcanzarle, se gira, me mira y me llama para que no desista en mi carrera. Sigo, corro, le miro y no me canso de correr tras ?l. Me da esperanzas, me llama y me lanza besos furtivos para seducirme.

El se?or bajito es simp?tico, divertido, gracioso y parece que est? encantado conmigo. Ahora sube una peque?a colina y desde arriba me muestra su reloj. Parece que tiene prisa por llegar a su casa y quiere que yo llegue con ?l. Quiz?s me invita, no lo s?. Corro, corro y corro por el desierto hasta subir a la colina. Los pies desnudos me queman y mi coraz?n arde en deseos de calmar mi sed.

El se?or de la chistera estrellada baja la colina a toda prisa y me silva desde abajo. Yo subo, corriendo, las piedras se incrustan en mis pies y el sol abrasa mi espalda. Estoy en la colina y le veo. Abajo, al lado de un enorme charco, un r?o, agua para apagar mi sed. Estoy ardiendo, el fuego empieza a extenderse desde mi cuello hasta mi est?mago. El se?or del reloj y la americana y la perilla me mira, moja sus manos en el charco y se tira al mar, al r?o, al agua.

Yo desciendo la colina a toda prisa. Haciendo volteretas, saltando, sangrando, sufriendo, cayendo. Llego al charco y mi fuego se apaga, mi sed se calma y mi coraz?n se tranquiliza. El se?or bajito nada, nada sin mojarse el traje y yo nado tambi?n. Bebo el agua y nado. Nado y bebo y el fuego de mi desierto empieza a calmarse.

Ya no estoy abrasado. Ahora estoy mejor. El se?or bajito est? al otro lado del charquito. Mi mira, sonr?e, me saluda con la mano extendida y me lanza un beso. Me canso, estoy a punto de desfallecer pero ?l me grita. ?Sigue?, me dice. ?Sigue?. Yo sigo. Sigo y alcanzo la otra orilla. Al fin, al fin. Lejos de mi desierto. Salgo del agua y todo es verde. Estoy en un valle. Verde, hermoso, precioso. Tranquilidad y calma.

El se?or del sombrero ya no corre. Ahora anda, tranquilamente con paso firme pero delicado. Yo ando tras ?l, sigui?ndole sin correr. La hierba sienta mejor que las piedras. Ahora estoy bien. Feliz, ando con los pies calzados con delicadas hojas. Nada me duele, el sol est? en el cielo, brillando pero sin quemar.

El sol me acaricia con su lengua y seca mis ropas al instante. El se?or bajito se mete en una casa de madera. Yo ando hacia la casa y me meto en ella pero el se?or bajito ya no est?. La casa est? fresca y soleada. Una sensaci?n maravillosa recorre mi esp?ritu y me siento como jam?s me hab?a sentido antes. Veo una mesa, est? puesta, con comida y cubiertos de oro. Me acerco y observo los platos. Ensaladas frescas, pastas y sopas fr?as. Lo pruebo, uso el tenedor. Pincho una hoja de lechuga y la meto en mi boca. Espero el suave aroma de la ensalada pero no, al contrario.

Todo vuelve a ser rojo, calor, fuego, la hoja de lechuga arde y la pasta fr?a se convierte en pimienta. La boca vuelve a arder y mi coraz?n se encoge. El techo de la casa de madera es arrancado de golpe y el sol penetra en m?. Vuelvo a arder, todo me abrasa. El se?or bajito ya no es enano. Es un gigante. Con la mano izquierda lanza el techo de la casa lejos de m?. Se acerca y me mira, alarga su mano derecha y con un solo dedo, con el dedo que te apunta y te dice ?Te necesito?, con ese mismo dedo me aplasta.
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Publicado por SmileCheshire @ 11:48
Martes, 11 de enero de 2005
La guerra se acercaba tristemente a la ciudad eterna de Par?s y los ca?ones sonaban por doquier con grandes explosiones y terribles gritos de dolor. Las pesadas balas de plomo chocaban contra las calles francesas y mi divisi?n caminaba en direcci?n a nuestro objetivo. Los lentos pasos de mis compa?eros se un?an a los m?os y la terrible divisi?n prusiana llena de apestosos prusianos se abr?a paso a golpe de bayoneta. Yo segu?a intentando ocultar mi insignia bohemia entre mis ropas guerreras y el gran escudo prusiano blanco y negro ca?a con triste pesar sobre mi emblema checo, mi verdadera naci?n.

Despu?s de 230 a?os de guerra y 300 d?as de batalla, los ?nimos empezaban a decaer entre nosotros as? que decid? dar un golpe de tim?n y vencer por medio de la cultura, y no de las malditas armas que, en lugar de hacernos vencedores, nos hac?an menos perdedores. Comida, para todos; llen? cazuelas enormes con agua hirviendo, tomates cortados y semillas de comino. Luego cort? 1000 patatas en cuadraditos y piqu? cebolla y apio en abundancia. Todo herv?a junto y centenares de soldados se acercaban para oler los platos que yo preparaba con esmero.

Al otro lado del valle, la soldadesca francesa contemplaba con curiosidad mis preparativos y sus oficiales se re?an de m?, el pobrecito aprendiz de soldado y cocinero. Despu?s de cocerlo todo 20 minutos, a?ad? pollo a tiras, salchichas de cerdo y lo dej? cocer un poco m?s. Qu? rico, qu? aroma sub?a ya por mis narices. Mis soldados se empujaban entre ellos y como si de una p?cima m?gica se tratara, les di un poco a cada uno.
Todo sorbieron el l?quido y luego me miraron sin saber qu? hacer. Los soldados franceses segu?an ah?, observando a lo lejos y ri?ndose de mi rid?cula t?ctica. ?Esperad?, dije yo. As? que me encaram? a un ?rbol de la pimienta y saqu? todos los granos que pude, a dos manos, sacos llenos. Cocin? de nuevo el caldo, ahora con los granos recogidos y molidos, y volv? a servirla a los soldados.

Cr?anme si quieren pero lo cierto es que fue tal el ardor, el fuego y la quemaz?n que abras? las lenguas de mis soldados, que al primer eructo una gran llamarada cruz? el valle y achicharr? a nuestros enemigos. Mis soldados, muertos de picor pero felices por la rendici?n de los franceses, avanzaron hacia nuestro objetivo cantando est?pidas canciones mientras yo, a lo lejos, re?a y pensaba en mi propia patria.
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Publicado por SmileCheshire @ 11:04