Mi?rcoles, 22 de noviembre de 2006
Resulta terriblemente gratificante ir al cine y consumir, por una vez, un producto suficientemente comprometido y original para hacerte olvidar que el 90% de las películas son, en realidad, algo propio del vertedero de cualquier factoría dedicada al despiece de cerdos.

Hace años surgió, en la brillante televisión británica, un humorista que por primera vez hacía gracia sin recurrir a los chascarrillos de siempre. Sacha Baron Cohen inventó Ali G, un idiota londinense que se había creído a pies juntillas la basura que lanzan, a los cuatro vientos, las películas y la música norte-americana. El personaje de Ali G, vestido como un auténtico fan del Hip-Hop, demostraba su bajo perfil cultural y social cuando tenía la ocasión, agrediendo, bajo la carta del desconocimiento, a todos los entrevistados que llegaban a su programa.

Años después, y a petición de una de las mejores productoras de televisión norteamericanas, Sacha Baron Cohen inventaba el formato para el otro lado del charco y lo hacía con la inclusión de un nuevo personaje: Borat, un periodista de un Kazajstán inventado que se traslada hasta el país de Bush para intentar aprender las maravillas de la cultura americana.

Ahora llega, por fin, una espléndida versión cinematográfica de una creación absolutamente maravillosa. Borat hurga en lo más profundo de nuestra estupidez y, a base de hacernos creer más listos que ese extranjero impertinente, hace que digas aquello que llevamos dentro sin pararnos a pensar en nada. Borat pide, en una armería americana, la mejor arma para disparar a un judío y el tendero, impertérrito, le recomienda una nueve milímetros. Seguramente uno de los puntos esenciales de Borat es su antisemitismo. Sacha Baron Cohen, el creador del personaje es judío, así que desde su propio sentimiento judío carga con toda su fuerza contra el antisemitismo endémico que, todavía ahora, se respira en todo el mundo. Pero lo hace de la manera más inteligente, más hábil, se presenta como un antisemita y a ese espléndido carro se apuntan todos.

Seguramente Borat es una de las mejores comedias de los últimos tiempos y, como suele pasar, nacerán centenares de copias que intentarán calcar la gracia de ese reportero absurdo. Serán intentos en vano, seguramente. Borat y su éxito no son sólo fruto de una idea original y transgresora si no, sobretodo, el fruto de un humorista esplendido, seguramente uno de los mejores humoristas que corren hoy en día por el mundo, Sacha Baron.

La película tiene una historia, tiene un nudo, tiene la maravillosa habilidad de emocionarnos y hacer que nos preocupemos por los personajes a pesar de que, como es lógico, todo es una gran farsa creada para hacernos reír. Todo en Borat es excesivo: la escatología, el antisemitismo y su obsesión por el sexo. Pero nada es casual. Si Sacha Baron insiste en estos ítems es porque sabe que son los que golpean, de una manera más directa, el comportamiento de todos nosotros.

Borat es una comedia muy divertida. Un seguro de risas y, aunque parezca mentira, una historia muy bien narrada. Pero Borat es, sobretodo, un puñetazo certero a nuestra sociedad. La americana y la europea. Algo que cerebros como Michael Moore sólo sueñan en conseguir.
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Publicado por SmileCheshire @ 20:27