Los primeros cristales estallan con un agudo
chillido y la mano de mi madre aprieta con fuerza mi espalda. La oscuridad es
prácticamente total y desde el sótano, el fuego y los disturbios se convierten
en una sola mezcla de ruidos frenéticos. La gente corre por las calles,
sentimos los pasos profundos y duros, zapatos que pisan el asfalto a toda velocidad.
Más ruido, más cristales que se rompen y caen al suelo. Mi madre había decidido
cerrar la tienda antes. Por la tarde, cuando el sol de noviembre empezaba a
ocultarse tras las montañas, mi madre echó el cerrojo y fue al almacén para
organizar sus papeles. Otro cristal se rompe y el calor del fuego empieza a
sentirse muy cerca. Llaman con insistencia a la puerta de atrás. Mi madre mira,
pero no se mueve. Está asustada y por primera vez soy consciente de ello. Mi
madre asustada, jamás lo hubiera podido imaginar.
Siguen llamando, ahora con más insistencia pero ninguno de los dos hacemos nada. Por fin, un sonido, un grito, un susurro se filtra entre todo el griterío. “Rakel”. Mi madre intenta escuchar. “Rakel, abre, soy Daniel”. Yo corro, le conozco, ahí está Daniel, el bueno de Daniel. Una vez dentro cierra la puerta y se acerca a mi madre. Ambos se abrazan y yo les miro, un poco apartado. Ninguno de los dos dice nada, ninguno de los dos sabe nada. Sus rostros sólo expresan miedo, desconcierto, pero sus bocas permanecen cerradas, sus labios pegados. Un nuevo estallido, más cerca, más terrible. Oímos un nuevo ruido, algo que golpea, rebota y se desliza por el suelo de la tienda, encima de nuestras cabezas. Esperamos, mirando arriba y en silencio… nada. Por el momento.
Los tres estamos juntos, sentados, el fuego de
los alrededores ilumina la estancia a través de la puerta que da a la tienda.
La oscuridad terrible se fractura con el crepitar de la madera. Parece que es
la sinagoga. Es eso lo que está ardiendo… ¿lo es? Mi madre y Daniel ya ni se
miran. Clavan sus ojos en el suelo y se derrumban. Impaciencia y dolor. Los
cristales dejan de chillar, un poco, algunos minutos. Ahora solo escuchamos
pasos, carreras y cánticos. Las tropas y los ciudadanos gritan consignas.
Parecen guerreros, militares y generales. No lo son, simplemente son
ciudadanos, clientes, maestros. El farmacéutico se para ante nuestra tienda y
nos grita. Oímos sus palabras, sentimos su tono, imaginamos la saliva
propulsada por la cólera, mientras sus dientes amarillos chocan entre sí de
puro odio. Una nueva piedra. Los cristales, los pocos que quedaban, se
desmoronan al tiempo que lo hace el alma de mi madre. Miro sus ojos, pero están
vacíos. Todo se acaba. Mi madre sigue bajando la cabeza y perdiendo el
horizonte, solo ve madera y polvo. Un nuevo miedo se apodera de mí, más gente
se une al farmacéutico.
Están empujando la puerta y golpeando la madera con palos y porras. Llegan dos chicos jóvenes, riendo y gritando. Se unen a los mayores y con un martillo intentan hundir el marco de la ventana. No aguanto más, me levanto de un salto y me escondo frente a una pequeña rendija que da a la tienda. Mis ojos, iluminados por el fuego, observan a ese montón de personas gritando, odiando, estúpidas y salvajes. Los chicos más jóvenes golpean con más fuerza y descargan todo su odio en la madera y la pared. Trozos de piedra se desprenden y el marco del escaparate empieza a colgar. El farmacéutico, que ya no grita, agarra el trozo de madera y tira de él con fuerza hasta que lo parte. Yo sigo mirando y me sorprendo, nadie roba nada, nadie toca nada, ni un solo producto de la tienda. El escaparate está ahí, destrozado, en el suelo, pero los productos de mi madre siguen intactos. No quieren nuestras cosas, sólo nos quieren a nosotros. No lo sé… estoy desconcertado. No soy capaz de entenderlo. Alguien tira de mi zapato. Es Daniel, me dice que baje de ahí, que no mire y que me esconda.
Volvemos a estar sentados, con las rodillas
entre los brazos y esperando nuestro destino sin nada con lo que defendernos.
Una botella se rompe con un gran estallido de cristales. Ahora el crepitar de
la madera es más cercano y el calor crece por momentos. El fuego está ahí
dentro, con nosotros, y la puerta que da a la tienda desde el sótano empieza a
hincharse. La madera se abulta y las bisagras parecen sangrar poco a poco. Una
pequeña explosión abre una gran grieta en la madera y una bocanada de cenizas
negras entra en el sótano. Los gritos están apagados, todo el aire del maldito
escondite está infectado de polvo negro y profundo. Daniel se levanta, agarra
mi mano y abre la puerta trasera. “Vamos”. Mi madre, casi hipnotizada, se
levanta con dificultad y se arrastra tras nosotros. Daniel es el primero en
salir, cuando asegura que no hay peligro, salimos nosotros. Daniel corre hacia
un callejón que pasa por detrás de la sinagoga, mi madre intenta seguirle pero
yo me quedo clavado en el suelo. Echo un vistazo a la ciudad y todo parece un
infierno. La catedral se levanta en el centro de las casas, seria, dura y
majestuosa.
En mi barrio, el fuego lo pinta todo con un color rojizo. El cielo brilla al compás de las llamas y la luna siente los lametones del fuego vivo. Dos tiendas más, cerca de mi casa, están ardiendo. La sinagoga también es pasto de las llamas, un edificio pequeño, casi diminuto al lado de las otras construcciones. La estrella de David de la fachada está rota. Ha perdido tres de las barras que la componían. Ahora es solo un triángulo. Miro a la izquierda y una figura humana me sorprende. No la veo bien, casi no la puedo distinguir, la oscuridad es profunda pero el fuego la ilumina tenuemente. Es una persona, un cuerpo colgado de una farola. No sé quien es pero su aspecto me resulta familiar. Un par de chicos corren por la calle y, sin querer, golpean el cuerpo del ahorcado. El cadáver se balancea lentamente, como si bailara con elegancia un vals que solo él puede escuchar.
Un nuevo estallido me devuelve a la realidad. El ventanal principal de la sinagoga explota y los cristales caen muy cerca de mi posición. Mi madre me agarra de la chaqueta y nos ponemos a correr hacia el callejón. Saltamos un muro bastante alto y seguimos nuestra marcha, en dirección al bosque. El fuego se aleja, empieza a ser un murmullo, un rumor lejano y apagado. Las llamas siguen brillando pero desde aquí, desde la lejanía, ya no distinguimos si se trata de un fuego cruel y violento o del fuego de una gigantesca chimenea.
Los tres nos sentamos en un pequeño tronco
apoyado en el suelo. Nos sentimos seguros. Es curioso y terrible, cuanto más
nos alejamos, menos salvaje parece todo.

9 de noviembre de 1938.